No sé hasta qué punto es sano vivir constantemente sobre una montaña rusa. Vas subiendo, poco a poco hasta la cima y ¡zas! de repente te ves gritando como un loco, aunque levantando normalmente los brazos porque en el fondo te gusta esa sensación. a veces incluso sonríes y te dices que es normal, que todo lo que sube, baja. Pero no se puede bajar eternamente y, después de un rato, la vagoneta en la que montas ha perdido fuelle y ya no produce la misma sensación. Te agobias al pensar cuando volverás a subir para después volver a caer.
Es realmente adictivo. Subes, caes, te paras, vuelves a subir y a caer y a pararte y a subir de nuevo para volver a caer hasta que la vagoneta para. Continuamente, casi sin tomarte un respiro.
Aunque la rutina del día a día, con las mismas caras cada mañana deseando que lleguen las siete... Esa rutina empieza a ser otra atracción en la que uno se monta porque quiere. No se sabe si uno quiere reir, llorar o pegarse un tiro cuando se llega al puesto de trabajo. Pero esto es España y lo de conseguir un arma de fuego yo ahora lo descarto. Además, no las necesito. Y, aquella recurrente idea juvenil de comprar un billete sólo de ida al más allá casi se ha desvanecido por completo. Lo mejor es que aún conservo en mi vocabulario cotidiano aquello de "hoy seguro que me suicido". La verdad es que no me apetece morir; la vida ahora me gusta demasiado a pesar de todos los pesares y cavilaciones e idas de ollas varias.
Entre la vagoneta de la montaña rusa y la nueva atracción, quizás aún hoy me decante por las subidas y bajadas. No sé por cuanto tiempo pensaré así, porque a pesar de la addicción, uno acaba siempre con los huesos en una institución de desintoxicación.
"Hola, me llamo [pon aquí tu nombre]. Soy [pon aquí tu adicción]"
La montaña rusa no me matará... por ahora.
miércoles, 11 de julio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Sip, pujar i baixar, i pujar i baixar. El fre final és la mort...
ResponderEliminar