Mi razón, o algo similar, me indica que debería no dejarme llevar por mi negatividad. Como todo el mundo sabe, la actitud hace mucho, pero no puedo evitar enfocar el mundo que me rodea con una lente gruesa de prejuicios.
No sé donde leí algo de carencias emocionales...
Otros de los defectos a pulir es sin duda mi impulsividad. Soy incapaz de reflexionar en los momentos clave. ¿De qué sirve que la gente te diga que eres inteligente cuando no puedes sacar provecho de ello? Porque en esos casos la supuesta inteligencia queda a la altura del betún, dando paso a actitudes infantiles y reprobables. ¿Acaso no quería ser como Darrell Rivers, la protagonista de Torres de Mallory? (Sí, de pequeña me aficioné a la lectura de libros de colegialas...) Pues nada, ahora, de adulta, relampagueas igual que una de tus heroínas de la infancia; la diferencia notable es que Darrell, al cumplir la mayoría de edad, se había desprendido de sus ataques de ira.
Yo ya no sé si definirme tímida, introvertida, asocial o simplemente una farsante. Ayer me comentaban que dejara a un lado esas máscaras extremistas (la de supersocial y la de asocial) y me mostrase tal y cómo soy. Pero, ¿cómo soy? Me siento una sosa con ínfulas de payasete de tres al cuarto, contertuliana de Starbucks, friki a cuatro bandas (musical, otaku-yuri, pseudo-cinéfila y gamer), informática ocasional y perra (en el sentido de vagancia) redomada. Y seguro que me dejo muchas facetas en el tintero... ¿Cómo puedes ser tú misma si ni siquiera sabes qué significa serlo?
Infancia feliz... Tengo momentos felices en mi infancia, pero no la considero realmente feliz. Recuerdo juegos con mi hermano, tardes enteras delante del televisor, celebraciones de fin de año llenas de lágrimas, carnavales traumáticos, pseudoamistades inexistentes, veranos totalmente solitarios... Suerte que llegó la adolescencia, conocí a Helena y mi vida dio un giro de 180º grados. Creo que mi adolescencia fue un poco más feliz que mi época infantil; al menos le parecía importar a alguien que yo existiese, y me lo demostraba sin reproches, aceptándome tal y como era. Lástima que acabara enamorándome de ella, añadiendo así a mis obsesiones el hecho de ser más diferente si cabe: "¡Mecagontóo! Así que me gustan las mujeres..."
¿Y ahora? 26 años, con una carrera, con una vida social activa, sin trabajo, con el respeto de mi madre a cuestas (aunque ahora me da un repelús que no veas), un hermano con el que no me hablo y una hermana a la que poder considerar una amiga. Aficionada a la escritura (demasiado) egocéntrica, guitarrista ocasional y ameba-lesbiana convencida. También puedo añadir que soy una donjuán de boquilla, una ex-rata de biblioteca que consumía libros sobre colegialas y una adicta a internet. Odio ir a la playa como bañista, en cambio me gusta mirar el mar. Me gusta la montaña, la naturaleza, pero en el fondo soy demasiado urbanita como para irme a vivir lejos de cualquier mar de asfalto...
No sé donde leí algo de carencias emocionales...
Otros de los defectos a pulir es sin duda mi impulsividad. Soy incapaz de reflexionar en los momentos clave. ¿De qué sirve que la gente te diga que eres inteligente cuando no puedes sacar provecho de ello? Porque en esos casos la supuesta inteligencia queda a la altura del betún, dando paso a actitudes infantiles y reprobables. ¿Acaso no quería ser como Darrell Rivers, la protagonista de Torres de Mallory? (Sí, de pequeña me aficioné a la lectura de libros de colegialas...) Pues nada, ahora, de adulta, relampagueas igual que una de tus heroínas de la infancia; la diferencia notable es que Darrell, al cumplir la mayoría de edad, se había desprendido de sus ataques de ira.
Yo ya no sé si definirme tímida, introvertida, asocial o simplemente una farsante. Ayer me comentaban que dejara a un lado esas máscaras extremistas (la de supersocial y la de asocial) y me mostrase tal y cómo soy. Pero, ¿cómo soy? Me siento una sosa con ínfulas de payasete de tres al cuarto, contertuliana de Starbucks, friki a cuatro bandas (musical, otaku-yuri, pseudo-cinéfila y gamer), informática ocasional y perra (en el sentido de vagancia) redomada. Y seguro que me dejo muchas facetas en el tintero... ¿Cómo puedes ser tú misma si ni siquiera sabes qué significa serlo?
Infancia feliz... Tengo momentos felices en mi infancia, pero no la considero realmente feliz. Recuerdo juegos con mi hermano, tardes enteras delante del televisor, celebraciones de fin de año llenas de lágrimas, carnavales traumáticos, pseudoamistades inexistentes, veranos totalmente solitarios... Suerte que llegó la adolescencia, conocí a Helena y mi vida dio un giro de 180º grados. Creo que mi adolescencia fue un poco más feliz que mi época infantil; al menos le parecía importar a alguien que yo existiese, y me lo demostraba sin reproches, aceptándome tal y como era. Lástima que acabara enamorándome de ella, añadiendo así a mis obsesiones el hecho de ser más diferente si cabe: "¡Mecagontóo! Así que me gustan las mujeres..."
¿Y ahora? 26 años, con una carrera, con una vida social activa, sin trabajo, con el respeto de mi madre a cuestas (aunque ahora me da un repelús que no veas), un hermano con el que no me hablo y una hermana a la que poder considerar una amiga. Aficionada a la escritura (demasiado) egocéntrica, guitarrista ocasional y ameba-lesbiana convencida. También puedo añadir que soy una donjuán de boquilla, una ex-rata de biblioteca que consumía libros sobre colegialas y una adicta a internet. Odio ir a la playa como bañista, en cambio me gusta mirar el mar. Me gusta la montaña, la naturaleza, pero en el fondo soy demasiado urbanita como para irme a vivir lejos de cualquier mar de asfalto...
Juas, vaya desvario padre he escrito sin comerlo ni beberlo ^^U Y eso que ayer lo intenté y no me salía palabra alguna xDDDDD En fin, lo que hace descansar, ¿no?
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