me miro mucho las manos, sobre todo cuando me siento vacia o algo no va precisamente bien. miro mi palma izquierda, tan extraña y llena de líneas que dibujan una M algo deforme. me fijo también en mis dedos, cortitos y rechonchos y los muevo uno a uno, como si hiciera un ejercicio de calentamiento de ésos que se hacen antes de tocar la guitarra. cuando soy plenamente consciente que lo que estoy observando es mi propia mano, suelo cerrar el puño con fuerza; me imagino a mí misma dándole un buen puñetazo a la pared. sé que me haría daño, que sentiría dolor y que, a malas, me volvería a hacer una herida en los nudillos. como la que tengo en la otra mano.
siempre pienso que ésta es una forma válida para volver a la realidad, que el puñetazo me despierta del extraño letargo en el que estoy sumida en estas situaciones.
tengo en la mano derecha una cicatriz que me recuerda que a los dieciocho años mi rabia mal contenida hizo que mi puño se estrellara con fuerza contra la pared rugosa que había en el sexto piso de mi instituto. me salió sangre pero no me di cuenta de ello hasta que en clase mi profesora de catalán me hizo salir a la pizarra para hacer un ejercicio. recuerdo que Helena fue testigo de estos hechos y que me comentó que era incapaz de entenderme. yo sólo miré al vacio y me mantuve en silencio. ¿qué debería haberle dicho? ¿que yo tampoco me entendía a mi misma? era perder el tiempo.
me miro ambas manos porque, desde mi perspectiva, me representan. si mis manos siguen estando donde deben, significará que sigo aquí, que estoy viva y que debo mantener la cordura en su sitio.
el día que mis manos dejen de tener ese significado seguramente las cosas irán de mal en peor. lo intuyo y sé que no debo tentar a la suerte.
jueves, 21 de agosto de 2008
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