[más ejercicios estilísticos... nada importante en realidad...]
Mis dedos se deslizan hábilmente por el teclado de mi portátil, como han hecho cientos de veces antes, con el fin de exprimir los breves intantes de lucidez que me quedan antes de mi acostumbrado viaje a los brazos de Morfeo. Porque es por la noche, a solas y en silencio, cuando las ideas que se van formando durante el día a base de obsevaciones y/o acciones se atreven a materializarse. Lo admito, mi sociabilidad me autocensura; para convivir es necesario hacer este tipo de concesiones.
Las palabras se encallan; busco el término adecuado, la expresión perfecta, el ritmo dictado o la elocuencia necesaria para asombrar al lector. Porque las personas que escriben, a parte de querer comunicarse, también buscan la aceptación por parte de sus lectores, sean estos familiares o amigos o perfectos desconocidos.
Sí, seguramente te ha venido a la mente el sustantivo vanidad. No te equivocas, soy una persona vanidosa.
Cuando releo lo escrito normalmente se me queda una mueca en la cara, y la razón es que descubro que no me gusta nada lo que estoy leyendo, lo que acabo de escribir. A veces selecciono todo y lo borro sin miramientos; otras veces, las guardo porque la idea inicial me gusta a pesar de no haberla desarrollado de manera correcta. Y otras como hoy, publico el texto sin pensar; a veces lo importante es escribir y comunicarse con los demás.
El mensaje surgirá después en la mente de cada uno.
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