“Buscas en tus bolsillos; seguro que vas a fumarte otro cigarrillo. Sacas el paquete del bolsillo trasero de tu pantalón holgado. Coges uno; si no he perdido la cuenta aseguraría que es el quinto de la noche. Fumas mucho; incluso diría que demasiado. No encuentras el mechero y le pides a la chica que tienes al lado si tiene fuego. Es una chica muy mona, quizás demasiado jovencita, como la mayoría de gente que frecuenta la discoteca. Te sonríe. Le sonríes. Habláis. Entonces pienso que me gusta tu sonrisa.
Me gustas. Me gustas mucho.
No sé cómo, pero ella y tú hacéis buenas migas. Os comenzáis a besar. Yo sólo te he besado en sueños. Te acaricia el pelo, te abraza. Tú, con tu fogosidad habitual (y por las copas de más que tienes en el cuerpo), te dejas hacer. Me mareo. Noto como la rabia se apodera de mí. Eso sí, no puedo dejar de miraros. ¿Por qué me torturo? Parece que me guste flagelarme viéndote con tu conquista de la noche. Porque cada noche estás con otra chica; una diferente cada vez. Y nunca he sido yo esa chica.
Miro a mi alrededor. No fumo, pero le pido un cigarrillo a cualquiera. Toso a la primera calada pero me siento mejor.
Esto es lo más cerca que estaré de tenerte.”
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