sábado, 6 de marzo de 2010

en el bus

"Subo al bus y saludo con un escueto buenas al conductor. Como no tengo la targeta a mano, busco en mis bolsillos y saco el monedero; efectivamente, me he quedado sin viajes. A pesar de considerar que el transporte público es condenadamente caro sigo pagando religiosamente: 1,40 euros por un billete sencillo. Genial.

El bus está medio vacío (o medio lleno) pero en el fondo del mismo no hay nadie. Me gusta sentarme al fondo, ponerme los auriculares y escuchar de un tirón cualquier CD que tengo en mi reproductor de música. A veces me da por leer, y eso que me suelo marear, pero hoy no tengo más que apuntes y no me apetece estudiar cómo se mide la eficiencia de un procesador respecto a otro.

Ante mí hay casi una hora de viaje hasta el centro de la ciudad. Nunca me he parado a pensar en el número de paradas que tengo hasta llegar a mi destino pero seguramente ronda la veintena; casi una hora de viaje y si tengo suerte, unos tres cuartos de hora.

Me gusta mirar por la ventana. Me gusta mirar los edificios, los carteles, los balcones, las ventanas. Me gusta mirar el cielo azul, las nubes, las sombras que se proyectan el el suelo. Me gusta ver los árboles, los parques, los coches y las motos. A veces me entretengo con los carteles y me pregunto ingénuamente porqué en la mayoría de ellos se pueden admirar cuerpos jóvenes y bien esculpidos con muy poca ropa.

Lo que no suelo hacer es fijarme en la gente. No sé, sonará absurdo, pero si lo hago tengo la sensación de invadir su intimidad. Aunque a veces no puedo evitarlo, sobre todo cuando se trata de gente muy joven (niñatos, como suelo llamarlos), porque siempre se hacen notar.

El bus que suelo coger se llena de un grupo de chicas que rondan los dieciséis años cuando llegamos a la quinta o sexta parada. Me hace gracia porque su comportamiento me hace pensar en un concepto/idea últimamente oigo mucho: "niños de la democracia". Niños y jóvenes que no han pasado hambre, que no se van de casa porque viven muy bien con sus padres, que tienen un complejo peterpanesco y pueril que parece que no llegará jamas a su fin, irresponsables e irrespetuosos con los demás; gente que se cree con derecho a todo y sin ningún deber.

Maldita sea... Yo soy/era uno de esos energúmenos. Era/soy consciente de ello. Intento recordar cómo era a los dieciséis y sonrío. Yo también fuí una niñata. A veces pienso que sigo siéndolo...

Llegamos a la zona universitaria. Hoy no tengo clase. Suspiro aliviada. Mis tripas entonces rugen pero el sonido del motor lo amortigua. Tengo hambre, son casi las tres de la tarde y lo último que me llevé a la boca fue un triste plátano hará ya unas dos horas y media. Las niñatas siguen con su conversación estúpida, la cual no escucho porque vuelvo a tener el mp3 a todo trapo. Eso sí, entre canción y canción puedo cazar frases sueltas que son fáciles de contextualizar: fiestas, clase, amigos, novios...

Mi mente vuelve a dar palos de ciego y de pronto me veo pensando es cómo serán estas chicas dentro de cinco o diez años. Seguramente no se acordarán de estos instantes ni de esas conversaciones, seguramente si se acuerdan de ellas lo achacarán a la edad. Quizás hayan evolucionado, quizás ya no serán niñatas malcriadas (sí, prejuzgo de mala manera).

Quizás piensen en más o menos lo mismo que yo cuando estén en el bus volviendo de trabajar y tengan delante a unos niñatos con los mismos aires de superioridad y conversación frívola.

Y vuelvo a sonreír: cómo pasa el tiempo... Definitivamente me estoy haciendo vieja para según qué cosas."



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