Una rana de papel miraba la luna y suspiraba. Suspiraba de amor y de desesperación. Suspiró durante noches enteras, semanas, meses. Suspiró incluso mientras dormía. La rana sólo sabía suspirar por la luna, hasta que se murió de pena.
Otra rana se miraba al ombligo. Esta rana era suave como el terciopelo, pues era una rana de peluche. Sus grandes ojos apenas brillaban y se veía en ellos tristeza y soledad. Lo único que esa rana sabía hacer era mirarse al ombligo. Y de tanto mirarse al ombligo no vió a la serpiente de cascabel que se la comió.
Y de la nada surgió una tercera rana que no paraba de saltar. Era pequeñita, compacta y de plástico. Una ranita de juguete, con cuerda y todo. Y la ranita saltaba y saltaba, de un lado para otro, porque no podía (ni quería) estarse quieta. Tenía miedo a que una vez parara, dejara de moverse. Y de tanto saltar, tropezó con la rana de papel muerta y cayó al fondo de un estanque lleno de lodo. Jamás pudo salir de allí...
¿Conclusión? Suerte que yo no sea una rana... Lo mío es ser un burrito tozudo y empanado. ¡Qué cosas!
jueves, 25 de noviembre de 2004
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